ÁNGELES CASO: “El Cuerpo”

Cuentan las noticias que la modelo Gisele Bündchen se ha convertido en lo que los estadounidenses llaman una “milmillonaria”: su fortuna ha superado los 1.000 millones de dólares, casi 800 millones de euros. No cabe la menor duda de que Bündchen es una mujer bellísima. Supongo que es, además, una gran profesional y que ha sido lo suficientemente inteligente como para gestionar muy bien su carrera. Incluso puede que sea una tía estupenda, por qué no. Pero no deja de ser asombroso –tristemente asombroso– que una persona pueda ganar semejantes cantidades de dinero en razón únicamente de su físico.

No es nada nuevo, por supuesto. La belleza siempre ha sido muy cotizada. Las mujeres hemos sido sabias durante siglos y siglos a ese respecto, en buena medida porque no nos permitían serlo en ningún otro campo. Hemos aprendido a cuidar de nuestra piel y nuestro cabello, a embellecernos con maquillajes y peinados, a encontrar la ropa que mejor nos sienta. Es natural: mientras los hombres vivían de su valentía en las guerras, de su inteligencia o de sus conocimientos, nosotras sólo teníamos el cuerpo como moneda de cambio. De hecho, ser hermosas fue para muchas –y aún sigue siéndolo– el único camino para lograr un matrimonio ventajoso o una buena fortuna en la prostitución de lujo.

A todos nos gusta la gente guapa, claro que sí. El cerebro se siente atraído por lo armonioso y simétrico, y descansar durante un rato la mirada en un rostro hermoso –de mujer o de hombre– es sin duda algo muy agradable. De ahí a valorar económicamente el aspecto por encima de otras muchas cosas hay, sin embargo, un abismo. Pero en esta sociedad que pone precio a todo, las cosas son así. Las modelos y los modelos pueden hacerse ricos, y hasta milmillonarios, exhibiendo sus rasgos y sus cuerpos. Hay actores o actrices que triunfan tan sólo por su guapura, sin que se les haya conocido nunca ni un gramo de talento. Y presentadores de televisión –hombres y mujeres– que acumulan enormes cuentas bancarias a costa de su físico (con el añadido de una buena dosis de desparpajo, reconozcámoslo).

Entretanto, los médicos de la sanidad pública, de los que dependen nuestras vidas, son funcionarios con sueldos mediocres y sometidos a los recortes. Lo mismo ocurre con los maestros y profesores de todos los niveles, a los que exigimos que nos den la mejor formación. Y con los investigadores, a quienes debemos tanto bienestar y tantos avances, y que para colmo se pasan años trabajando minuciosamente a cambio de becas miserables (cuando no les cierran sus centros, como está empezando a ocurrir). Y con los hombres y las mujeres sabios, aquellos que escriben y nos iluminan y hacen que nuestras vidas sean más ricas y más libres, a cambio de cantidades de dinero a menudo ínfimas.

Algo raro le ocurre a una sociedad que valora por encima de todo lo superficial. Ese culto desaforado al cuerpo y al esplendor de la juventud, esa pasión sin límites por la demostración de resistencia física que hacen los deportistas –sustitutos en el imaginario colectivo de los antiguos guerreros–, huele a malsano y a decadente. Sólo el día en que una mujer o un hombre consigan ser milmillonarios en unos pocos años salvando vidas, estaré dispuesta a cambiar de opinión.

Escrito por Ángeles Caso.
Publicado en La Vanguardia el 16/02/2012

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